El librero

Erase una vez una pequeña librería a la que para poder entrar requisito indispensable era el descalzarse. El más mínimo tropiezo con uno de aquellos pequeños libros podía hacer que quedases sepultado bajo miles de palabras y capítulos, y que jamás nadie volviese a saber de tu existencia.

Crujientes tablas de madera apoyaban sobre ellas siglos de cuentos, leyendas y novelas, que sin otro fin más que el de entretener, y alguna que otra vez, enseñar a sus lectores, amenizaron durante años las vidas de muchos. Pocos eran los que se atrevían a vagar por los diminutos pasillos que formaban los torreones de historias, y aquellos pocos aseguraban que no existía nada parecido. Ni realidad, ni ficción. Nada comparado a la majestuosa vista de la cultura del papel reunida en un espacio tan pequeño.

Una voz profunda, grave y lejana era lo que conocían como el librero. Casi nunca se dejaba ver, pero de vez en cuando, entre una nube de humo y polvorientas páginas, se hacían escuchar sus tristes lamentos. Afirman los más temerarios que se oye su voz en cada libro que se abre y en cada página que se pasa, acabándose con ella en cada final… triste o feliz.

Cuando el fin marca una página lo que le sigue es un libro que se cierra.

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