Cigarrillos y un paseo en motocicleta

Habíamos caminado durante horas a través de la profundidad del bosque. La selva negra no tenía ese nombre por azar. Caminamos bajo la atenta mirada de buitres y alimañas que esperaban vernos desfallecer. Caminamos sin descanso cruzando ríos y lodazales. Caminamos hasta que nos dijeron que no camináramos más.

No sabíamos qué hora era, la inmensidad de aquel bosque nos había dejado sin sentido. Aquella noche cerrada y sin luna nos envolvía al igual que la niebla que empezaba a caer. La humedad nos había calado los huesos, entumecido el cuerpo e incluso nublado la mente.

Cuando paramos nuestras piernas flaquearon y ambos tuvimos que sujetarnos las rodillas. Vimos entonces nuestras botas cubiertas de barro. Una costra que hacía que cada paso pesara el doble.

Una potente linterna nos cegó. Escuchamos los pasos de aquellas botas militares sobre las hojas húmedas que se acercaban con paso seguro y templado.

Oímos el abrir de un mechero, el rascar de la piedra y vimos un chispazo que iluminó la cara de aquél soldado.

– ¿Os gusta mi mechero? – dijo tras dos caladas lentas a su cigarrillo. – Lo gané. Digamos que se lo gané a otro soldado en una timba. Él a su vez se lo había robado a un americano. Bueno aunque ganarlo quizá no sea la palabra adecuada. Tuve que quitárselo. ¿Sabéis? Este soldado había sido siempre un gran amigo mío. Éramos casi tan amigos como vosotros dos. Sí, la verdad es que me recordáis mucho a nosotros. – dio de nuevo otra calada lenta mientras caminaba observando el cielo. – Eramos inseparables. Pero hay veces que la gente te decepciona, ¿verdad? Crees que alguien es de confianza, que nunca te defraudará y un día descubres que se acuesta con tu mujer, que te ha estado robando cigarrillos o quizá… que no es quien dice ser. – dijo agachándose para ponerse a nuestra altura y mirarnos directamente a los ojos. – Se lo quité. No pude evitarlo. Cuando lo vi ahí tirado en el suelo a su lado, tan brillante y reluciente tuve que cogerlo. Se le debió caer del bolsillo después del disparo – dijo observando y haciendo girar el mechero en su mano. – ¡Es que parecía que hasta me llamaba! Y ¿sabéis qué? ¡Que en efecto me llamaba, el mechero quería ser mío! ¿Veis estas iniciales grabadas? ¡Son las mías! ¡El jodido americano tenía las mismas putas iniciales que yo! ¿Es o no es el destino, chicos? Es que me encanta cuando se cierra un círculo – dijo mientras se levantaba y daba de nuevo una calada a su cigarrillo.

Nosotros permanecíamos en silencio. Ni siquiera el frío nos hacía temblar, no fuese que el castañear de los dientes llamase su atención más de lo necesario.

– Y creo que el destino es lo que nos ha llevado aquí hoy, chicos. Los tres juntos, en esta noche tan apacible. Y como me gusta tanto que se cierren los círculos, creo que hoy deberíamos cerrar uno también, ¿no creéis? –

Tras una última calada tiró el cigarrillo entre las hojas húmedas. Se acercó a la motocicleta que él había conducido hasta allí mientras nosotros caminábamos. De una bolsa de piel sacó dos pistolas. Cuidadosamente revisó el tambor y les quitó el seguro. Nos dio una a cada uno y nos puso uno frente al otro con cierta distancia de por medio.

– Qué sea lo que el destino decida.– susurró.

Ahora sí temblábamos, pero más de miedo que de frío.

El soldado se apartó y se apoyó en su motocicleta mientras encendía otro cigarrillo, sin ningún miedo a que usásemos las pistolas para dispararle a él. Su templanza estremecía. Sus andares, su forma de moverse, e incluso sus palabras conquistaban. Aquel soldado era el soldado perfecto. Un padre envidiable. Un ciudadano ejemplar. Un alemán extraordinario.

El eco de mi disparo sonó en la profundidad del bosque. El tiempo se paró. Parte de mi corazón salió con la bala y fue a parar al corazón de Mikolaj, mi mejor amigo. La persona con la que había pasado día tras día jugando en la calle, al escondite, a la pelota y con el que recorría las calles de Munich sin descanso. Pero era mi única elección si quería convertirme en un soldado alemán respetable, llegar a ser alguien. Años después me enteré de que su pistola ni siquiera estaba cargada, nunca sabré si él también apretó el gatillo.

Tenía 12 años y acababa de matar a mi mejor amigo, pero me gané un cigarrillo y un viaje en motocicleta.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s