Comienzo de ¨Los días sin sombras¨

PRIMERA PARTE: PRIMAVERA

CAPÍTULO 1

Había sonado la señal de abrocharse el cinturón y lo hice lo más rápido que pude con las manos sudorosas. Me aterraba ir al baño en los aviones. Siempre había pensado que pasaría algo justo cuando estaba en ese cubículo y que no me daría tiempo a volver a mi asiento. Después de unas cuantas turbulencias atravesamos una masa de nubes grises y la vi por primera vez; Holanda. El encanto de su llanura, los campos cortados como perfectos rectángulos de un pastel gigante, y las vacas, diminutas como hormigas desde aquél avión, me hicieron estremecer. Un flechazo a primera vista que se reforzaría con los años venideros. Un flechazo como el que tuve con Bruno nada más conocernos hacía tan solo un año. ¿Era una locura? ¿Estábamos yendo demasiado deprisa? No lo tenía claro, pero quería intentarlo. Intentar vivir sola, fuera de España, fuera de mi zona de confort que en el fondo no era de confort, sino una prisión de la que me daba miedo salir e intentar algo diferente. Por fin me había lanzado, en gran medida gracias a Bruno que me había animado a irnos juntos.

Bruno no pudo venir a buscarme al aeropuerto. En el momento en el que yo pisaba tierra, él estaba discutiendo con el dueño de nuestro nuevo piso. Un ático con cocina americana en el centro de Ámsterdam. Bueno, o eso es lo que pensaba hasta que llegué a aquel viejo edificio cerca de Westerpark.

Subí por las escaleras estrechas y empinadas arrastrando tras de mí una maleta que solo cabía de costado. La ropa de invierno ocupaba muchísimo, varios pares de zapatos; por si llueve, por si nieva, por si hace sol, por si hace calor… Y por supuesto algunos de mis libros favoritos. Si quería crear un nuevo hogar era imprescindible que los trajera. Por fin llegué al último piso.

Antes de que mis nudillos llegasen a tocar la puerta, esta se abrió.

— ¡Joder! — Bruno, casi sin reparar en mi presencia, pasó a mi lado como un huracán bajando las escaleras de tres en tres. Uno de los vecinos, un hombre alto con cara de no tener ganas de lidiar con aquella situación, salió al descansillo y empezaron a discutir en un spanglish ridículo.

Mientras tanto, me dediqué a echar un vistazo a nuestro apartamento. Sin duda aquello había sido un eufemismo en toda regla. El loft pasó a ser una habitación pequeña y vacía, y la cocina pasó de americana a fregadero y hornillo eléctrico en una esquina. Aún así decidí darle una oportunidad a todo aquello. Al fin y al cabo los comienzos siempre son duros.

Me gustaban los ventanales alargados hasta el techo con aquellas vidrieras coloridas que tamizaban la  luz en el suelo de madera y creaban pequeños arcoiris. Me gustaba el sonido del tranvía y los timbres de las bicicletas que se oían desde el salón, pero sobre todo me enamoré del único mueble que había en toda la casa; un sillón orejero de piel marrón desgastada con olor a libro viejo.

Un portazo me sacó de mis pensamientos.

— Es gilipollas. Se ha roto el radiador y me dice que ayer estaba perfectamente. Que no lo piensa arreglar. — dijo Bruno con la válvula del único radiador que había en todo el piso en la mano.

Teníamos la suerte o la desgracia de que el dueño de nuestro apartamento vivía justo debajo.

— Hola. — Dije con una sonrisa.

— Perdóname. ¿Qué tal el viaje? ¿Te ha costado encontrarlo? Siento no haber podido ir a recogerte. — Dijo acercándose y rodeándome con los brazos.

Le besé sin contestar. Estaba tan feliz de haber llegado hasta allí. De haber dado el paso de irme a vivir a otro país y de irme con él. Tenía unas ganas increíbles de descubrirlo todo y de descubrirlo con él.

CONTINUARÁ…


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