Un caramelo

Pequeñas motas de polvo sobrevuelan la estancia. Aparecen y desaparecen ante los haces de luces que se cuelan por los resquicios de las paredes destruidas. Ruido de tanques que se aleja y deja la habitación en completo silencio. La calma después de la tormenta. Un crujido sordo se oye al fondo del salón junto a los ventanales, y los escombros, que se apilan sin orden, comienzan a caerse desde su cima. Una tablilla del suelo de madera se mueve y una manita se abre paso entre el polvo y las ruinas. Un cuerpecillo estrecho consigue salir del suelo con esfuerzo. Se tambalea hasta que consigue enderezarse sobre sus piernas magulladas. La mirada desnuda, al igual que sus pies, busca a su alrededor. El crujido de cristales y papeles hace eco en el silencio de la habitación mientras camina. Un papel de colores brilla entre los deshechos grises. Se abalanza. Lo abre. Lo devora. Un caramelito intacto, delicioso, tierno. Puro azúcar que se deshace en la boca a los pocos segundos descargando una ráfaga de felicidad directamente en su cerebro.
Se desploma sobre el diván y una nube polvorienta lo envuelve.
De nuevo, una sirena en el cielo anuncia lo indecible. Esta vez, se queda donde está, saboreando su felicidad.

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